Trece Minutos. Exacta y Aproximadamente... (Harry & Ginn

[i:] Lee fan ficcions de todo tipo entre otros los de amor para las mentes más sensibles o slash. [/i:]
AnnKora
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Trece Minutos. Exacta y Aproximadamente... (Harry & Ginn

Mensajepor AnnKora » 09 Dic 2009 15:30

[font=Comic Sans MS]Tras la rutina de la vida, el destino te pueda dar grandes sopresas. Una mirada... 13 minutos...[/font]
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AnnKora
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Mensajepor AnnKora » 09 Dic 2009 15:33

Capitulo 1: Trece Minutos...


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Aviso: La historia tratará levemente de malos tratos (no hacia nuestros protagonistas, son historias colaterales). Las señalaré para que, quien no quiera leerlas, no lo haga y se sienta violento. Por desgracia, lo que leeréis en estos casos, son un espejo a la realidad. Solo tenéis que tomar nota de la cantidad de casos que vemos por los medios de comunicación (y los muchísimos que se olvidan, por no ser noticia).

No dejo de preguntarme ¿que valor tiene la vida del ser humano? y sobre todo ¿Hasta cuando...?


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Cada mañana era lo mismo. De un modo rutinario, inicia su día con un buen café con leche cargado y dos tostadas con mantequilla.

Se introducía en la ducha para estar casi veinte minutos a remojo, mientras pensaba en las personas que atendería aquel día, en que nuevos cotilleos le contaría su secretaria Parv y como odiosa-Lavander le restregaría lo "fantástica" que era su vida con su novio Dean, que era casualmente era su ex (reflejo de la patética vida sentimental que tenía) y las cosas que tendría que comprar en el 24 horas de al lado de casa, al terminar su jornada (lo que la hacía sentir todavía más patética).

A las alturas de vestirse con lo que se había dejado preparado la noche anterior, el balance sobre ella misma le indicaba que en su vida todo estaba bien a excepción de un minúsculo, pequeño y efímero detalle... que estaba sola. Tenía un buen trabajo, por el que había peleado duro. Una familia grande, ruidosa y unida, con la que iba a comer todos los domingos. Buenos amigos y amigas, con los que podía contar siempre. Su propio piso en la ciudad. Una gatita preciosa, a la que le encantaba que le rascasen la cabeza... Pero, no había quien la esperara después del trabajo. Quien le preparara el café por la mañana o a quien prepararle la cena. La que la abrazara cuando un caso le había ido mal y le acariciara el pelo hasta que el llanto había cesado. No es que fuera una mujer desesperada por tener un hombre a su lado. Siempre había sido muy fuerte e independiente (para no serlo, siendo la pequeña y única chica de siete hermanos) Pero en el fondo, era una romántica sentimental que esperaba encontrar a esa maravillosa persona con la que compartir su vida.

Después de lamentarse por su mala suerte en el amor y darse ánimos delante del espejo, se daba los últimos retoques a su persona y revisaba el reloj para ver que iba bien de tiempo.

Más dormida que despierta, con el maletín en mano y una manzana en la boca, salía de su casa pasadas las ocho y veinte. Caminaba a paso ligero, hasta llegar a la entrada del metro. Como una autómata, sacaba el billete de su monedero y cruzaba la máquina de la entrada; para luego caminar por el largo pasillo y subir por las escaleras mecánicas. Una vez en el andén esperaba rodeada de gente (poniendo a prueba su paciencia) a que el metro llegara y así poder subir a él, entre los empujones de los demás viajeros. De los que querían subir y de los que querían bajar. Por que a esas horas, nadie recordaba lo de "dejen salir, antes de entrar".

Después de 13 minutos aproximados de trayecto (casi siempre de pie) con el vagón lleno de gente somnolienta, se bajaba en la parada que la llevaría al centro Asistencial para la Mujer y el Menor, donde trabajaba como abogada.

Siempre había sido muy observadora... los 13 minutos de trayecto diarios, los dedicaba a analizar a las personas que viajaban con ella. A veces, la música que sonaba desde su ipot, la llevaba a imaginar parte de la vida de aquellas personas. Madres que llevaban a sus niños al colegio. La mujer mayor, que hacia sudokus, mientras iba a practicar aquagym. Los inconfundibles guiris, quemados por el sol de aquellas fechas, con ropas raras y cámaras fotográficas colgando del cuello. Trabajadores como ella, de vario-pintos sectores, con el punto en común del diario gratuito del metro y rastros de sueño en el rostro. Universitarios. Agentes de seguridad. Revisores. Embarazadas... En su observación, había descubierto muchas cosas. De la manía de algunas personas a la hora de colocarse en el metro. Quien iba tan absorto leyendo, que ni se daba cuenta de que su parada había llegado. De aquella persona que había hecho el turno de noche y ahora cabeceaba apoyada en la puerta. Había sonreído ante un travieso pequeño que se libraba del regaño a base de sonreír. O al ver como dos abuelas competían por sentarse primero.

Se acomodó cerca de una de las puertas, dejando en el suelo una bolsa decorada que contenía la comida para ese día, y comprobó que sus zapatos estaban bien limpios. Llevaba más de tres meses que este trayecto lo tenía que hacer entre medio de obras lo que le había causado más de un enfado por los corte en las calles, el barro los días de lluvia, los comentarios indignantes por parte de los obreros y una aparatosa caída que involucró una mezcladora de cemento y sus zapatos nuevos. Sin contar que, al ser las obras para la ampliación y mejora de la línea, la mayoría de días llegaba retrasada al trabajo. Daba igual si madrugaba antes... parecía que el destino se confabulaba contra ella, ya que daba igual lo que hiciera, siempre llegaba a las oficinas pasadas las nueve.

Sin contar que el destino, a veces, se confabula para beneficio nuestro.

Ese día, no era distinto a cualquier otro, al menos en esos 13 minutos de trayecto. Era viernes y estaba deseando hacer su jornada para marchar de fin de semana largo, a la costa. ¡Por fin respiro de cuatro días después de tanto estress!. Se notaba que empezaba ha hacer calor, ya que el metro iba caldeado y para variar, el aire acondicionado brillaba por su ausencia. Mientras iba escuchando el ipot nano y revisando las caras ya casi conocidas de sus compañeros matinales; se sacó el abrigo de fino paño gris. Cerró los ojos e inclinaba ligeramente la cabeza hacia atrás, mientras que en sus oídos sonaba una de sus canciones favoritas. Le encantaba escuchar aquella melodía suave a piano que tenía la virtud de relajarla y animarla. L'Apres midi de Yann Tiersen. Y fue precisamente que con esa melodía, que el destino decidió darle un vuelco a su monótona vida. Por que al abrir los ojos y a pesar de que el vagón estaba más lleno que nunca, pudo cruzar su mirada con unas orbes esmeraldas que la miraban intensamente. Su corazón brincó ante la conexión de sus ojos, emitiendo un gemido ahogado. Ante sus ojos, el resto de gente del vagón, simplemente...desapareció.

En todo el espacio, solo estaban esos ojos verdes que la miraban con fuerza desde la protección de unos lente redondos, difuminando todo lo que había alrededor. Pudo apreciar que aquellos ojos pertenecían a un atractivo joven, de cabello negro y aparentemente desaliñado. Nunca lo había visto, ya que lo recordaría.

El tiempo perdió sentido y de no ser, por que una de sus compañeras del despacho la había visto y sacado de su ilusión al acercarse a ella, seguiría por tiempo indefinido en esos ojos verdes. Se quitó los auriculares a regañadientes para poder saludar con dos besos a su cuñada Luna, de recursos humanos, cortando así el lazo de sus miradas. Cuando sus ojos se volvieron para buscar el dueño se las orbes esmeralda, ignorando por completo el parloteo de su alegre cuñada, la decepción la ahogó al comprobar que se había esfumado. Disimulado el mal humor, contestó que estaba bien y que estaba deseando que llegarán las cinco para poder desconectar.

Se bajaron en la estación y marcharon ligeras por la calle abarrotada de gente, para poder llegar puntuales.

--

-¿Quien era el dueño de esos ojos...¿Por que la habían impactado de aquella manera?- esa preguntas la rondaron, mientras revisaba expedientes de maltratos y tutela a menores.

Las seis de la tarde llegó increíblemente rápida, casi tanto que ya se volvía a encontrar en el metro de camino a casa. Había tenido un día bastante duro y movido pero curiosamente era la primera vez que se marchaba a casa sin esa opresión en el pecho, que últimamente la atosigaba más de lo normal. El sentimiento de no haber podido hacer más por las personas que acudían a aquella asociación en busca de ayuda.

A pesar de llevar allí seis años y de que su trabajo era el motor de su vida, no se acostumbraba a lo que veía, oía y sentía cada día tras aquellas paredes. Mujeres maltratadas que no denunciaban por miedo, hijas violadas, niños que temían quedarse a solas con sus padres... la lista era larga y prefería no recordar, como su último caso.

oOo oOo Aviso oOo oOo

El último caso (que aceptó aún sabiendo que luego necesitaría terapia) había sido la pequeña Anna, de tan solo cuatro meses. Era una preciosa beba de tez blanquecina y escaso pelito claro. A pesar de su corta vida, había estado ingresada en urgencias tres veces por malos tratos. Quemaduras de cigarro en sus delicados bracitos, hematomas abdominales y una severa desnutrición. Su padre alcohólico y cocainómano, había hecho de su corta existencia un infierno. Sin mencionar lo que aquel demonio le había hecho pasar a la madre, ingresada por desequilibrio mental con intento de suicidio. Había peleado duro y había ganado la custodia de la pequeña Anna para el estado. Pasaría dos meses en el hospital infantil recuperándose y sería dada en adopción. No era partidaria de separar familias, pero por desgracia, aquella pequeña solo contaba con los abuelos paternos que "adoraban" a su hijo. Ni siquiera estando la pequeña en cuidados intensivos con una fractura de cráneo, habían dado el brazo a torcer admitiendo que su hijo estaba enfermo.

Por suerte para la pequeña, aquella pesadilla había acabado. Conocía la pareja que la iba adoptar, ya que ella era íntima amiga de la esposa y sabía que con Hermione y Draco Malfoy, estaría a salvo. Pero eso le llevaba a preguntarse ¿cuantos más estaría sufriendo sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo?

oOo oOo Aviso oOo oOo

Cerró los ojos, en un intento vano de no derramarlas lágrimas que nacían. El desazón de recordar por todo lo que había pasado aquella pequeña inocente, le hizo desear muchas cosas. Difusamente escuchó el anuncio de la siguiente estación y apagó el ipot. Aquella no era su estación, pero aquella tarde le papetecía caminar, por lo que se bajó y se dirigió a pie alsupermercado 24 horas cercano a su casa. En aquel momento y para su desgracia, solo quería ducharse y meterse en la cama; sin pensar que al día siguiente, el sol y la playa de la costa, acariciarían su piel por cuatro días.

Y que una nueva sorpresa le deparaba el destino para la mañana del miércoles.
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AnnKora
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Mensajepor AnnKora » 15 Dic 2009 14:50

Capitulo 2: El destino

¡Dios! Llegaba tarde. Y parecía que el maldito destino se confabulaba en su contra y se empeñaba en amargarle el día de buena mañana. El despertador no había sonado, por que la noche anterior había llegado tan cansada que se había olvidado de prograrlo (Si no hubiera sido por su vecina, Marga, con su "Ponte en forma en 10 min..." de las siete de la mañana). El calentador se había declarado en huelga, por lo que la ducha además de rápida, tuvo que ser fria. La cafetera le había jugado una mala pasada, no subiendo el cafe del todo y el poco líquido que había salido, llevaba posos y restos de goma (la cafetera era vieja, hacía un café insuperable pero la goma estaba muy gastada y se había olvidado de cambiarla... tres meses!) Ni siquiera intentó hacer tostadas por no tentar más la suerte. A duras penas había podido conjuntar algo de ropa pues una semana de no-lavadora más cuatro días de viaje, resultaba en cuatro prendas en el armario de esas que nunca te pones; por lo que había acabado con un pantalon negro de vestir que le iba "ligeramente" estrecho y una blusa japonesa (regalo fashion de su cuñada francesa) con demasiado escote. El pelo le había quedado chafado, por haber confundido el acondicionador con el champú. Y para colmo, llovía. ¡Precisamente hoy... ! Que a primera hora tenía reunión con los de proteccion de menores y el fiscal, por la adopcion de Draco y Herms, y ella parecía que acababa de salir de un centro mental. Alguien la odiaba mucho...

Cogió el metro que para variar iba a reventar de gente. Tuvo que soportar que alguien le tocara el culo dos veces mientras entraban al vagón. Se acomodó lo mejor que pudo en unas de las barras y suspiró. Al mirarse en la ventanilla del frente, casi sonrió por que al menos, con el recogido había podido disimular el apelmazamiento de su rojo cabello. Volvió a suspirar, mientra que alguien con prisa por bajarse en la parada, le pisaba los zapatos de tacón que llevaba, los únicos lo suficientemente altos para poder llevar aquel dichoso pantalón. Estaba segura de que tendría que amputarse los pies a la altura de los tobillos antes de acabar su jornada laboral. Y ni siquiera había encendido el ipot... ¡Dios, no! otra vez la opresión en el pecho. Había sido amanecer el miercoles y su dichosa rutina, y los nervios y el estress regresar a ella.

¿Por que ella? Había pasado un maravilloso y relajente fin de semana. A pesar de que el viernes había llegado molida y sin ganas de nada, sus amigos no la había dejado hundirse.

oooOooo oooOooo

Putual como él solo, Neville había pasado a buscarla con su mini rojo rayando el amacer. Casi había quemado el timbre (despertando a la mitad de los vecinos) sacandola literalmente a rastras de la cama. La había empujado sin marge a réplica hacia el cuarto de baño, mientras le soltaba la charla por no estar lista ni tener la maleta en condiciones. Mientras ella se había dado una ducha rápida, había podido escuchar como su amigo remenaba el armario, en busca de lo que la maleta le faltaba mientras hablaba por el movil. Con la elegante contestación de - Es una crisis post-semanal - había indicado o excusado ante los demás, que se retrasarían una hora.

Con el pelo aun mojado y legañas como puños, se dejó meter en el llamativo y diminuto coche, para pasar más de treinta minutos de carretera hasta llegar a la "casita Malfoy". Durante el trayecto, la música había amenizado el silencio. Si bien Neville tenía muchas libertades a la hora de tratar a la peliroja, bien sabía de su mal humor recien levantada. Así pues, haciendo una rápida parada en una cafeteria para coger el almuerzo para todos y así redimirse por el retraso (Malfoy era extremadamente puntual) se dirijieron a buscar al resto de amigos.

En el porche de la entrada los esperaban al borde de la histeria, los propietarios de la pequeña mansión, junto a Luna, Ron y Charlie con su aún no conocida novia, Ana. Despues de los saludos, la presentación de la nueva, sonrisa cínica (pero cariñosa) por parte del rubio por las excusas de tardanza y un desayuno rápido; se ubicaron en los dos coches y partieron con destino a la costa.

- Menos mal que el coche de Draco tiene un buen maletero que si no...- comentó ya despierta y de buen humor la peliroja. Pensaba vengarse por el "trato" recibido. Iba en la parte de atrás junto con Ana. Por que el mini era un coche muy mono y movil para la ciudad, pero de reducido espacio para cuatro personas (contando que su hermano Charlie parecía un jugador de rugby americano) más maletas. Era una suerte que Draco y Hermione tuviera una buena posición y dos coches.

- A ver que tienes que decir de mi pequeño!- se quejó Neville con falso mohín. Era consciente de que gracias al maletero del Touareg de Malfoy, no tenían que ir con maletas encima de las rodillas. Pero el orgullo (por no decir obsesión) por su mini, le hizo contestar a lo que estaba seguro era una provocación-venganza de la pequeña peliroja, que se asomaba por la ventanilla cual cachorrillo, en aquel momento.

- A mi me gusta mucho este coche!- contesto sonriente Ana. A pesar de que a simple vista había parecido tímida, ahora estaba más cómoda y participaba abiertamente en las conversaciones. - Mi abuelo tenía uno de color morado, con el techo blanco y me encanta ir los domingos a pasear con él -

Charlie giró la cabeza y le dedicó una sonrisa tierna a su pequeña. Sabía lo unida que estaba Ana a su abuelo. Por desgracia, el Sr. Mateu llevaba tres años ya postrado en una camilla. Y es que, por muy buena y activa que fuera la persona, el Alzeimer no perdona. Él mismo había sido testigo de como aquel vigoroso hombre se apagaba y con él, parte del espiritu de la pequeña Ana.

La escandalosa y fresca risa de la peliroja, captó la atención de sus compañero.

-¿Y ahora que te pasa a ti, enana loca? Riendote como una desquiciada...-se burló Neville, cambiando de marcha con mucha suavidad.

-Paaaasa... ja ja ja... que tienes...jajajajaja...un coche de abuelo!!- y ya no pudo parar.

Neville pegó una mala frenada y se maldijo así mismo, por haber perdido los estribos y pagarlo con su pequeño mini. ¿Como había caído en la burla de la enana pecosa? ¿Y como la pelo-encendido se atrevía a tal ofensa?. Por suerte, el coche de Malfoy iba delante y a esas horas, por aquella comarcal no había nadie más. El Touareg tuvo que dar la vuelta al ver que el pequeño vehículo vermellón no lo seguía. Despues de cuatro comentarios ácidos, más risas y bufido por parte del conductor del mini, se volvieron a poner en movimiento.

oooOooo oooOooo


Habían pasado los cuatro días como un suspiro maravilloso. Entre el sol y el mar, amigos y buena comida; el stress y la rutina habían huido de ella, renovandola por dentro y por fuera. Solo algo le había recordado a la semana de trabajo... unos enigmáticos ojos verdes. Esos ojos verdes que estuvieron en sus sueños de forma sutil y ambigua, que la habían despertado en medio de la noche, con un extraño sentimiento en el pecho. Lo que la había intrigado, pues solo había visto a aquel hombre una vez. Era un completo desconocido para ella.

Pero ¿de que habían servido esos fantásticos días si llegaba tarde y con ello perdía la adopción para sus amigos! DIOS! Ginebra Molly Weasley, ¿que has echo para merecer esto?

Y ahora el metro se ha vuelto a parar, y el simpático (notese la ironía) conductor anunciá que "Por causas ajenas a la empresa... blabla bla bla bla... no sabemos el tiempo estimado en la parada".

-Dichosas obras de infrastuctura, suicidas de hora punta y sus muelas!! - se quejó susurrando, mientras intentaba coger el movil para poder enviar un sms a su secretaria y así avisad de su retardo. Torpemente, tecleó la nota y la reenvió. - Por lo menos había cobertura- Suspiró mientras intentaba forcejear con el bolso y asi guardar el telefono movil (poco le importó el codazo del hombre que no dejaba de mirarle el escote). Cerró sus ojos cansadamente y se recostó en la barra metálica.

Adiós a su cafe y tostadas. A una ducha digna. A ropa limpia y adecuada, sin opresiones ni escotes "indecentes". A sus pies. A la reunión que tenía aquel día y a la que llegaba trece minutos tarde. A la adopción... A no. Abrió los ojos repentinamente y se enderezó, sin importarle no estar sola en aquel vagón. ¡Por encima de sus pies magullados!
Hermione y Draco llevaban esperando tres años a la pequeña Ana; despues de haberse sometido a largas, doloras y costosas pruebas que solo los llevaron a saber que no podía tener hijos de forma natural. Daba igual el dinero que tuvieran o lo mucho que se amaran. Hermione no podría tener hijos y todo por culpa de una negligencia médica. Había visto a su amiga ilusionarse por un posible resultado y hundirse en lo mas bajo, tras la venida del periodo.
Por eso tomó aire y se resolvio a ...

- Uooooaaaaa...- gritó perdiendo el equilibrio. El tren se había puesto en movimiento y frenado al poco, de forma brusca, por lo que sus pensamientos fueron interrumpidos por la sacudida. Varias personas fueron empujadas, pisadas y, en su caso, lanzadas. A penas reaccionó, que un amplio regazo la acogía casi al vuelo, evitando dar con sus huesecitos en el suelo. - Maldita sea. Solo me faltaba romperme los dientes... Lo siento mucho- se disculpó torpemente -Vaya día. Espero que...- murmuró malhumorada sin acabar de ser consciente que su "salvador" la miraba entre divertido y curioso, mientras la ayudada a ponerse en pie. No fue hasta que levantó la mirada de la costosa camisa de seda, semi aturdida por el olor fresco y masculino que él despedia, que sus ojos se encontraron con un par de profundas esmeraldas.
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