La boda se realizara a las 10:00 pm Hora Española
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Pasos. Suaves pasos. Pasos imperceptibles para cualquier oído, pasos que intentaban pasar desapercibidos, pasos que huían. Los siguió concentrándose en sus sentidos. Él era bueno, tenía que admitirlo. Pero ella también lo era.
Algo estrellándose detrás de ella, se sobresaltó y su respiración se aceleró. El moño rosado resbaló de su cabeza y cayó al suelo, se debatió entre regresar pero no se arriesgaría a eso, no podía perderlo. Su corazón latía a la velocidad de las alas de un colibrí, podía sentir como en cualquier momento saldría de su pecho.
Ahora alguien la seguía a ella, ¿sería él? Aceleró el paso tan rápido como sus pies se le permitieron, dobló a la izquierda y después a la derecha, una maniobra de evasión, le habían explicado alguna vez. Sus manos estaban resbalosas y estaba empezando a ponerse nerviosa, se mordió el labio inferior con demasiada fuerza y una gota de sangre brotó de sus labios. Paró de correr y evaluó alrededor, no había nadie, suspiro aliviada y se arregló el alborotado cabello.
¡Te encontré! – Un susurro cerca de su oído fue suficiente para lograr que soltará un agudo grito y diera un salto alejándose de la persona que había hablado. Dio media vuelta y sus ojos se cruzaron con otros del mismo color, gris con gris.
¡Se supone que era mí turno! – Le reprochó ella mientras hacia un mohín de enojo y se lleva una mano a su cadera en una pose que contrastaba con su infantil rostro. El niño frente a ella sonrío con altanería y le sacó la lengua a lo que la niña le devolvió en gesto mientras le arrebataba el listón rosado que estaba en la mano del niño. – Ya no quiero jugar contigo, Dante. Haces trampa.
Su labio inferior se pronunció un poco más, señal de que estaba reteniendo un sollozo por lo que el niño rodó los ojos, a veces su prima era demasiado mimada. – No es mí culpa que seas tan lenta, Sophie. Me aburrías. – El ceño fruncido de su prima le advirtió que quizás había hablado de más a lo que se acercó a ella y le quitó el moño de las manos para colocárselo él en el cabello.
Pues si te aburres conmigo, ve a jugar con alguien más. – Dio media vuelta y se alejo del niño que a espaldas de ella rodó los ojos, bien se lo había advertido su abuelo, Sophie tenía carácter difícil.
La pequeña niña caminaba a paso veloz y ágil, quizás demasiado elegante para alguien de su edad. Empezó a abrir las puertas de la casa de su abuelo buscando algún baño para arreglarse el cabello antes que su madre la reprendiera pero solo había habitaciones y librerías empolvadas que la hacían estornudar.
Pasos. Suaves pasos. Distintos pasos. Frunció el ceño, estos pasos no le gustaban. Los siguió de nuevo, dejándose llevar por sus instintos. Su corazón se aceleró de nuevo, solo que esta vez no era emoción lo que sentía, era miedo. ¿Por qué sentía miedo? Cada vez más desesperada empezó a buscar, a concentrarse en seguir los pasos. Ya no los escuchaba ¿dónde estaba? Algo distinto a sus sentidos, algo más fuerte que eso le hizo abrir la puerta a su derecha.
Ahí estaba. De sus labios casi salía un “te encontré” triunfante, pero la sonrisa quedó congelada en sus labios, Dante tenía los ojos hinchados y el rostro mojado, había llorado.
¿Qué tienes? – Le preguntó con suavidad, entrando al armario con él y cerrando la puerta tras ella. Sacó un pañuelo de su vestido y le limpio la cara con dulzura mientras el niño de 9 años se calmaba poco a poco.
Papá ha hecho algo extraño, me dio miedo, parecía un monstruo… – Le confesó con la voz quebrada por el esfuerzo de no sollozar. Sophie abrió los ojos con asombro, sabía que su tío era malo, lo podía sentir cuando la observaba con esa mirada tan penetrante, pero tanto como ser un monstruo… no lo creía. Observó contrariada a su primo, intento sonreírle, decirle algo que lo animará pero solo un suspiro salió de sus labios.
Escápate conmigo, yo te voy a cuidar. – Sugirió con una sonrisa deslumbrante, asombrada de lo que ella misma había dicho, Dante negó con la cabeza, a lo que Sophie frunció el ceño, ese niño tenía un serio problema con darle la contraria. – ¿Por qué no? Te escondemos debajo de mí cama.
¿Y mamá? No voy a dejarla sola, tengo que cuidarla. – Esta vez la voz de su primo sonó más segura a lo que Sophie hizo una mueca de estrés, tenía razón, su tía tenía que ser protegida por Dante. Más desesperada que antes empezó a jugar con la mano de Dante y se mordió el labio inferior con fuerza.
Pues yo te voy a cuidar a ti. – Le dijo ella con una sonrisa tímida, mientras soltaba de la mano de su primo y lo veía directamente a los ojos, gris con gris de nuevo.
¿Lo prometes? – Le preguntó el sin despegar la mirada de ella, a lo que ella le sonrío convencida, no había estado tan segura de prometer algo desde la vez que prometió que ya no jugaría con tijeras.
Lo prometo. – Y cerró la promesa con un abrazo que sostenía los temores de su primo.